Pasar al contenido principal
Switch Language

Crítica de "En las cárceles de Franco", de Clemente Sánchez

Portada "En las cárceles de Franco"

EN LAS CÁRCELES DE FRANCO, de CLEMENTE SÁNCHEZ. Una novela autobiográfica que cuenta lo que significó vivir entre rejas durante el franquismo, pasar prácticamente toda una juventud encerrado. He querido hacer la crítica de este libro debido a la situación actual en España, puesto que por mucho que, como tantos otros, estaba convencido de que vivíamos en tiempos mejores, que la libertad de expresión ya era un derecho imprescindible para la sociedad, ahora vuelve a haber presos políticos. Creo que es un buen momento para mirar atrás, hacia otra época, que no nos es tan lejana. Probar a entender nuestros orígenes, de dónde venimos y qué sucedió entonces, porque sólo así podemos corregirlo en el presente.

Clemente Sánchez, miembro del Partido Comunista de España y comisario político, es el protagonista. Una vez muerto Francisco Franco y terminada la dictadura, empieza a escribir sus memorias. Lo hace de forma desbocada: a veces sin comer, durmiendo poco, parándose en cualquier sitio para poder grabar sus recuerdos sobre el papel. Y es precisamente esa necesidad de ser recordado, de expulsar todo aquello que había estado guardando bajo llave en su interior, lo que admiro de él.

Alistado voluntariamente, lucha en el bando republicano hasta que pierden la guerra. Entonces intenta cruzar la frontera para no sufrir las represalias, pero en el último momento se da cuenta de que no quiere abandonar su país, puesto que no tiene a dónde ir. Prefiere quedarse. Es capturado y pasa diez años encarcelado, siendo trasladado constantemente de prisión.

Destaco de este libro el narrador. Se trata de experiencias reales, contadas por quien las vivió. Por eso abunda una narración en forma de resumen, aunque a menudo introduce diálogos e incluso escenas enteras para permitir que el lector conecte mucho más con la historia. Además, Clemente era un joven con grandes dotes artísticas, como podemos comprobar. Se incluyen poemas, escritos y muchos retratos que hacía él mismo para mantenerse ocupado en prisión. De ese modo, los personajes que van apareciendo a menudo son acompañados por un dibujo muy detallado o bien una caricatura que les pone un rostro y los hace de carne y hueso. También hay fotografías junto a otros presos. Y es que la relación con los demás reclusos me ha sorprendido especialmente. La unión que había entre los miembros del PCE, el compañerismo, que muchas veces llegaba a salvar vidas, y la reafirmación de sus ideales, a pesar de lo que ello conllevaba. Una amistad y solidaridad que hacía que fueran como una familia. “Donde hay un comunista está el Partido”. Sin embargo, también hubo muchos chivatazos y las cárceles estaban llenas de espías, que se infiltraban entre los demás e iban sacando información. Cuando eso sucedía, las consecuencias eran trágicas.  

En el siguiente pasaje Clemente explica cómo se organizó el Partido dentro de la cárcel: “Hasta entonces, en el ámbito político, solo había afecto y pequeñas charlas a hurtadillas entre los afines a los partidos, ya disueltos como defensores de la causa perdida. El partido comunista fue el primero en reorganizarse clandestinamente, incluso a riesgo de sufrir mayores represalias. Se crearon células de militantes a las que se denominó comunas en las que se agrupaban mitad por mitad los que disponían de alguna ayuda exterior y los que no recibían nada. Los alimentos de los paquetes pasaban íntegros a la comuna y eran administrados escrupulosamente por la ‘madre’, apelativo del camarada que se encargaba de distribuir el condumio por partes iguales. Y así, cuando había víveres, todos comíamos y, cuando se agotaban, todos pasábamos hambre”.

Y es que el tema de la alimentación es muy tratado en este libro. En la mayoría de las cárceles solo comían aquello que les traía sus familiares, que malvivían con tal de poder alimentarlos. Y aquellos presos que no tenían familia o bien se encontraba también en prisión, estaban condenados a morir de hambre.

Las cáscaras de plátano o naranja jamás llegaban al cubo de la basura. Si los escasos desperdicios de la cocina intentaban atravesar el patio en alguna ocasión, eran tomados por asalto y no quedaba ni señal de ellos. [...] Un recluso se apoderó de un hueso y, acurrucado en un rincón, se dispuso a roerlo ansiosamente, lo que no supondría ninguna sorpresa si no fuera porque otros dos, tan famélicos como aquel, se colocaron enfrente haciendo cola para cuando lo soltara. Yo me disponía a comer media naranja que me había alcanzado en la comuna cuando observé la escena. No pude soportarlo, me acerqué y se la ofrecí al último.

—Toma hombre. ¿Qué puedes esperar que quede del hueso?

Me miró fijamente con sus ojos hundidos en el cráneo, sin pronunciar palabra, tomó la semiesférica porción y se la comió sin molestarse en mondarla. No abandonó su posición, dirigió de nuevo la vista al hueso y siguió esperando su turno”.

Otro punto importante es la relación con su mujer y su madre, quienes —como dice su propio hijo en el prólogo— “se sacrificaron para sostenerle, para hacer llegar a la prisión alimentos que la familia conseguía trabajando penosamente y quitándoselo de la boca. Algún día habrá que hacer un monumento a las madres y esposas de los republicanos perseguidos que lo sacrificaron todo para sostenerles”. Y con su padre y su hermano. Este último estuvo muy vinculado con el Partido y por ello acaba siendo fusilado ya en la primera prisión —que no era una prisión como tal, sino la iglesia del pueblo, donde apretujaron a centenares de personas que iban depurando de la noche a la mañana con el famoso “¡Oído a la lista!”. Creo que es una de las escenas más chocantes de este libro, cuando ambos hermanos se despiden. Santiago, el hermano del protagonista, ya va enmanillado y lo llevan al paredón.

Clemente es también un testigo directo de los tratos en la cárcel: las torturas, los insultos, el trato con los guardas, los castigos, los trabajos forzados e incluso experimentos que hacían con los enfermos. También vemos los fusilamientos, los juicios rápidos, las largas esperas. A veces las condiciones eran tan pésimas como cuenta el mismo protagonista en el siguiente pasaje: “Los continuos aluviones de gente fueron recargando el local hasta no caber sentados. El antiguo y recio portón de la entrada estaba permanentemente cerrado y las dos ventanas de que disponía habían sido tapiadas previamente con ladrillos y cemento; tan solo quedaba abierto un pequeño agujero de menos de diez centímetros de diámetro que apenas permitía pasar la luz del día y mucho menos el aire para respirar. Tan insoportable era la atmósfera reinante que nos relevábamos para pegar la nariz contra la pared en las proximidades del agujero, dado que se deslizaba hacia abajo un chorrillo de aire fresco que aspirábamos con avidez”.

Definitivamente, pienso que se trata de una novela muy recomendable para comprender mejor cómo era la vida de los presos durante la dictadura y también para hacer así un pequeño homenaje a las familias que lo pasaron tan mal y que aún no reciben el reconocimiento necesario. ¡Os animo a leerla!